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Cuando cae la noche

Por Ernesto Rodríguez

La noche caraqueña se ha vuelto una criatura peligrosa. Caminar sus calles después de la caída del sol tiene más en común con un juego de ruleta rusa que con un típico retorno al hogar.

Por lo tanto, tomar la decisión de salir caminando de la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde estudio Comunicación Social en el turno nocturno, sin usar el transporte que amablemente ofrece mi padre no fue fácil ni inteligente. Después de todo, el turno nocturno de la universidad no debería ser un peligro, pues cientos de estudiantes dependen del mismo para poder cursar sus materias y obtener el añorado título que los certifique como comunicadores.

Es bueno confesar que, en el fondo, a pesar de las experiencias ganadas como estudiante de la UCV, soy un “joven del Este de Caracas”  y, aunque parezca peyorativo, es cierto. Si bien he hecho el trabajo de conocer mi ciudad, y probablemente mis fronteras sean más amplias que la mayoría de quienes están en mi posición, le tengo un respeto comprensible a los peligros de la noche caraqueña.

Al salir de la clase de Fotografía, lo primero que noto es la soledad de los alrededores. Apartando al grupo de estudiantes de la Escuela de Antropología, que está en el edificio de al lado, y un pequeño grupo parado cerca de la cancha de fútbol que está cerca de la salida de la Universidad, no hay nadie a los alrededores.

Converso con Alex, una compañera que va en la misma dirección que yo. Decidimos caminar hacia la estación de Metro de Ciudad Universitaria. Hacemos un recorrido mental: el pasillo largo que pasa frente al comedor, la Facultad de Humanidades y Educación y el edificio de Facultad de Ciencias Económicas y Sociales (FACES). Es un camino peligroso, pero menos que el puente que conecta la universidad de Plaza Venezuela, al menos en su experiencia, y no me siento en posición de discutir. 

La Universidad en la noche ya no parece la obra arquitectónica de Carlos Raúl Villanueva. Los bombillos faltantes y la soledad hacen que la oscuridad tome fuerza, lo de “Casa que vence a las sombras” se vuelve algo irónico. Apuramos el paso, después de todo, en la última semana ya van dos robos en la Escuela de Historia y uno en los alrededores del comedor. Apurados llegamos a la salida que de las Tres Gracias, plaza que une cruzamos la plaza de las tres gracias sin incidentes pero con el cansancio de alguien que se siente perseguido.

. . .

Estoy en mi casa escribiendo estas líneas. La verdad es que salir desde la Universidad a pie no debe parecer gran cosa para aquellos que vuelven a su hogar en trasporte público a diario, pero para mi familia fue toda una aventura y 10 llamadas de mi mamá en el celular lo demuestran

No me doy cuenta de mi suerte hasta que me comentan por un mensaje al celular que robaron alguien en la escuela de Historia, lo que nos lleva a un total de tres en la semana. La descripción del robo en su Facebook es tan típica que ya parece un cliché, es casi rutina para todos los involucrados, como si estuviese ensayado: Dos hombres en una moto, un arma de fuego, una orden que ella no puede describir del todo bien, un arrebato de celular, la moto acelera, la obra concluye, lágrimas.

Los comentarios que dejan sus amigos y familiares para intentar darle consuelo a mí ya solo me generan impotencia: “Pero, ¿estás bien?, “Lo Material se recupera” y el clásico “Lo importante es que no te paso nada”

Comento un simple “Qué arrechera” otro cliché, y paso por Google. Según El Nacional en octubre ingresaron alrededor de 500 cadáveres a la Morgue de Bello monte por crímenes violentos, trago grueso y agradezco mi suerte de esta noche y, como todo caraqueño, me voy a dormir esperando que la suerte me acompañe al día siguiente.

 

 

Créditos de imagen: José Orsini

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Comercial de la mar

Por Carlos Carreño Zabala

“Con razón mi Dios te hizo tan bonita, isla de las perlas, bella Margarita…”, dice la letra de  una canción  que se oye desde una camioneta estacionada  en el paseo que conecta  el Mercado Turístico Municipal de Pescado en el sector  Los Cocos, Isla de Margarita,  con su modesto muelle de madera. “A ti la Virgen del Valle siempre te brinda su protección y cuida que nada pase cuando a la mar sale el pescador…”, sigue la canción.

“Lleve la raya”, “A 1500 el kilo, a 1500 el kilo”, se escucha a lo largo del paseo que está hecho de concreto armado y que hiede a playa, a pescado, a salitre y a cloaca. El camino está lleno de pescadores, vendedores y compradores, como todos los domingos en la mañana. Carros y motos  van y vienen por la estrecha calle mientras que pelicanos y gaviotas revolotean por el cielo  soleado característico del Estado Nueva Esparta.

El mercado de Los Cocos es donde convergen diversas manifestaciones y expresiones  de los lugareños y visitantes de ese célebre sector porlamarense. Es la Calle Meneses con sus borrachitos e indigentes comandados por Vicente Luna. Es la señora Ñenga que atiende  los baños. Es Eldo Suárez y sus 40 años dedicados al negocio del pescado. Es la escultura “Hombres de Mar”. Es el que vende los mangos y las sardinas, los rubros más buscados y comprados. Es el que compra cada uno de los productos que se ofertan. Es Los Cocos y sus  historias, historias tan frescas como el pescado que allí se vende.

***

 “Pargos, meros, rayas, chuchos, jureles, cabañas, sardinas”, son ofrecidos por doquier en el muelle del mercado que está ubicado en la Calle Mérito con Calle Meneses y Doña Isabel de la ciudad de Porlamar, la capital del Municipio Santiago Mariño. Al fondo suena “Margarita, bella flor perfumada, perla mimada del Mar Caribe. Margarita, el sol enamorado bellos poemas para ti escribe…”.

Bicicletas se ven pasando hacia el mercado por la puerta del muelle.  Por esa entrada, hay  una vista frontal hacia los puestos de las empanaderas: siete puestos tipo kioscos de concreto y puertas de hierro. Los kioscos están al aire libre, bajo el sol margariteño y en esa área del mercado el  piso es de granito rústico, sin pulir. “Margarita, en tus preciosas playas con tus mujeres como se vive. Yo voy a regresar al Castillo de Santa Rosa, voy a buscar mi niña hermosa en Porlamar…”, sigue la canción.

Entre los puestos de empanadas, resalta “Kiosco Yolanda”, atendido por la señora Yolanda Rodríguez, porque es el único que tiene un techo más amplio y dos mesas para ocho personas cada una con manteles azules y detalles marinos. También es el único que vende mondongos, los días domingo.

“Cómo te podrás imaginar ya nada aquí es como antes”, manifiesta quien recuerda la historia del lugar que fue fundado en el año 1990 por la Alcaldía del Municipio Santiago Mariño. “El Mercado fue demolido en los años 2000 e improvisaron una ranchería a orilla e’ playa mientras hacían la nueva estructura”, cuenta la mujer que tiene más de veinte años vendiendo en el mercado y está sentada en un mueble de mimbre azul.

“¿Yolanda, hay refrescos?”, pregunta un señor que llega en bicicletas. “Sólo de vaso”, responde la mujer que viste una camisa floreada, bermuda gris, delantal azul y gorra de Acción Democrática. “En aquel entonces Alexis Navarro era  Gobernador de Nueva Esparta y fue en su mandato que se realizó el mercado actual”, rememora Yolanda quien agrega -como si se tratara de un hecho trascendental- que “fue inaugurado por el mismísimo Presidente Chávez en el 2005”.

Junto al puesto de Yolanda, hay otros como el kiosco de empanadas de “Las Chicas Superpoderosas”, atendido por tres mujeres que se debaten por definir quién es Bombón, quién es Bellota y quién Burbuja. También está el kiosco “Yiya”, el de las arepas, atendido por una matrona entrada en kilos y en edad. Vendedores ambulantes, algunos de los 32 que hay en el mercado, gritan indiscriminadamente  “pastelitos, pastelitos”, “la borsa, la borsa” y “lleve su papelón con limón”.

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Un joven con dificultades para caminar recorre el pasillo número dos del mercado que alguna vez llevó el nombre de Margarita “Cacharo” Velásquez. El muchacho de andar complicado se llama Rodolfo y mira constantemente hacia los alrededores del mercado, como si estuviera haciendo una vista panorámica del recinto cuya arquitectura asemeja a la de un centro comercial, con cuatro puertas.

El mercado de Los Cocos tiene dos puertas principales una al lado de la otra (separadas por tres metros, aproximadamente) que dan paralelamente a las Calles Meneses y Buenaventura. Una tercera puerta que da hacia el muelle y conecta al mercado a través de un semi-elevado con la Calle Mérito y una cuarta puerta que da hacia el estacionamiento y por la que se puede llegar a la Calle La Marina y de allí al centro de Porlamar. Desde cualquiera de las entradas o puntos del mercado en el que se esté, siempre se tendrá una vista global  de todo el espacio, del comercial de la mar.

Rodolfo camina llevando una vieja y oxidada silla de ruedas que alguna vez estuvo pintada de rojo. La silla vista de frente, tiene en su espaldar un cartel de madera pegado. El cartel está pintado de blanco y en él está escrito en azul y rojo  “BOLSAS. Bs. 60”. Por donde Rodolfo camina hay mucha gente. Clientes locales y foráneos están aglomerados alrededor de los puestos de los vendedores de pescado que están construidos a manera de cubículos, uno al lado de otro, divididos por paredes tapizadas con pequeños mosaicos verde agua. Los puestos tienen un mesón de granito pulido en donde exhiben los pescados, un lavadero y una cava grande. Todo  en tono aguamarina.

“Llévate el kilo de raya a 1600”, “¿Está fresca esa catalana?”, “Termina de filetear esa sardinas”, “¿Tienes mero?”, son algunas de las pocas cosas que se pueden escuchar entre compradores y vendedores. El bullicio en esta parte del mercado es bastante y el olor a pescado noquea al olfato. Vendedores ambulantes van y vienen.  Los clientes tratan de hacerse espacios para comprar. Billetes pasan de manos en manos al igual que bolsas con pescados: algunos enteros, algunos picados. Los niños corren de un lado a otro mientras que los pescadores se abren paso con sus cavas plásticas para ir a llevarlas hasta los puestos. Casi no se puede caminar ni oír nada. Una señora se resbala por el puesto B-11. El piso que es de granito  pulido verde y ocre en esta zona del mercado  está mojado con una mezcla de agua, escamas y sangre de pescado.

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“Pla, pla, pla” se escucha. Una vendedora pica con fuerzas un carite que le da lata. La señora mira hacia arriba y obtiene un plano nadir del techo del mercado, una estructura similar a una gran carpa de circo hecha con madera, concreto y acerolic que desde afuera resalta por su color rojo como la sangre del pescado que salpica mientras lo cortan.

La mujer morena de 54 años que viste una bata azul similar a la de un médico, se llama Rosa y cuenta que tiene 28 años vendiendo pescado. “Mi papá tenía un puesto aquí, yo lo acompañaba y aprendí”, dice una de las hijas de Rosauro “Chicharón” Brito, cuyo nombre fue puesto al pasillo número cinco. “Sin embargo, no sabía que era un trabajo tan duro y jodio pa’ una mujer”, confiesa. Rosa y su hermana Aurelia “Yeya”,  fueron hasta hace poco de las escasas mujeres que se dedicaban al negocio de los pescados en el mercado, una práctica que antes era dominada por hombres pero que ahora tiene fuerte participación  femenina.

“Cuando llegamos aquí, sólo había seis mujeres y nosotras éramos las únicas que vendíamos pescados. Al principio era muy difícil porque tenías que convertirte en un hombre más y luchar por lo tuyo porque había tipos que querían dominarte”, dice Rosa quien es la dueña del puesto B-9 al que llamó “La Negra Rosa”. “Rosa pásame 60 para dar vuelto”, “Chichi amuéleme ese cuchillo”, “Yeya te buscan”, se logran escuchar en el puesto entre los “Lleve el pargo”, “Mariscos surtidos a 1300 el  kilo”, “La borsa, la borsa” que se gritan con fuerza por todo el pasillo.

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“Te voy a hacer una casita bien bonitica para que vivas, María…”, dice una canción por la zona del mercado es donde están las dos puertas principales. Por esas puertas están los puestos improvisados de vendedores de verduras, aliños, hortalizas, legumbres y frutas. De los 98 puestos –incluyendo los 10 que están no operativos- que hay en el mercado, ubicados en tres áreas: área A, área B y área C, son pocos los que no están destinados para la venta de pescados. Un ejemplo es el  puesto de Douglas Aguilera, el B-14, uno de los dos únicos puestos que venden productos de carnicerías en el mercado: patas de pollos, corazones de res, asaduras y huesos ahumados, productos que son el  resuelve de quienes buscan en el mercado opciones distintas al pescado.

“A 300 el kilo”, se  oye desde el tarantín de Luis Campos: una carreta de construcción con un cartón encima en donde reposan limones, aguacates y ajíes, que está ubicada casi frente a los baños y lateral a la línea de taxis del mercado. Clientes con bolsas llenas de verduras, mangos y sardinas se paran y observan. Les atrae la balanza que guinda de una mata de almendrón. Algunos compran, otros sólo consultan  y se van  a comprar  pescado. Tres funcionarios de la Guardia Nacional pasan y supervisan. Campos, Marcano y Salazar se leen en su uniforme.

“Me gastaré unos centavos pero no importa si te quiero vida mía…” sigue la canción.  “Tengo aquí como 10 años y gano como 130 mil bolívares los días domingos, señala Luis quien paga 700  bolívares semanales a la administración, al igual que todos los que tienen  puestos en el mercado.

“Es sencillo: lo que hago con las ganancias es beber ron con ese perro que está ahí”, dice el hombre moreno de 45 años mientras señala a un vendedor de mariscos de nombre Lewis que está frente a él y quien  no duda en agregar “antes trabajar aquí daba real parejo, ahorita no tanto” recuerda el hombre con un tono nostálgico, como si añorara aquel negocio generador de grandes riquezas en la Isla de Margarita y en el Sector Los Cocos, y del que sólo quedan unos pocos vestigios.  Aún así, Lewis se menea al ritmo del “Paquete clavo, María. Paquete clavo, Juanita. Paquete clavo, Josefa. Paquete clavo…”, mientras canta y centra su vista en las paredes rojas y blancas del comercial de la mar.

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La cola de la esperanza

Por Daniela Alvarado Mejias

Chacao, Urb. Bello Campo. 7:00 am del lunes. Dos señoras de unos 60 años cruzan la calle apuradas. Cada una sostiene con ambas manos, y contra su pecho, un pequeño monedero. «¡Vamos, vamos que no hay tanta gente!» dice una de ellas. Desde una de las entradas del centro comercial Bello Campo, se forman dos hileras de personas hacia extremos opuestos, cuya longitud casi rodea por completo el establecimiento. Las señoras se sitúan rápidamente en la fila donde aguarda la tercera edad. Esperan donde los árboles hacen sombra. Algunos están sentados en pequeños bancos, y otros en el borde de la acera. Conversan entre ellos. Unos leen el periódico, los demás solo observan hacia su alrededor con expresión de fatiga.

Hacia el otro extremo, el sol se posa sobre las cabezas de la formación. Rostros con ojos entrecerrados miran en distintas direcciones. «¡Café, café, café!» grita un señor de piel tostada mientras camina a paso lento al lado de la gente que espera. Suena un celular. Una mujer de unos 45 años contesta. «¿En dónde estás tú? Yo estoy en el Central Madeirense de Bello Campo. Quédate ahí que todavía no sé qué habrá aquí. Si hay algo bueno te vienes, y tranquila que tú estás conmigo» la mujer cuelga el teléfono. Un señor de silueta delgada y cabello canoso se levanta de la acera, pide un vaso de café y camina en círculos estirando las piernas. Habla con el joven que espera detrás de él:

—Habrá que llegar aquí a las 5:00 de la mañana. Y seguro hay gente que llega más temprano.

—Así es en todos lados. Mi esposa ahorita está en otra cola en La Candelaria y es lo mismo. ¿Usted qué cree que vendan hoy?

—Mira no sé. Pero si hay aceite, yo me traje un paquetico de harina a ver si me lo cambian.

Una muchacha de unos veintitantos y ojos verdes se pone de última en la fila. La joven pregunta qué hay, y un semblante inexpresivo le da entender que aún no se sabe. Esperan de pie y sentados en la acera. Comienza a lloviznar. Se abren los paraguas y los periódicos se vuelven pequeños techos de papel. Apoyados en la alambrada que envuelve el centro comercial, algunos esperan agazapados. «¡Café, café bien caliente, café!» grita el hombre en su segunda vuelta, y sirve uno, dos, tres, cuatro, y cinco vasos de café a un grupo de personas que forman un círculo en una de las esquinas. Un joven llega y saluda a otros que aguardan al final de la cola. «¿Y hoy qué hay?» dice el mismo joven en un tono de voz elevado, arrojando la  pregunta al aire a ver quien responde. Y un hombre con el rostro enrojecido contesta: «No han dicho nada pero aquí siempre estamos todos. Tú sabes que esta es la cola de la esperanza».

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Si me descuido me montan en la olla

Por Elvianys Díaz

Sus manos arrugadas y callosas hacen círculos en el aire mientras habla, son manos de trabajo que guardan 73 años de historia. Lleva una bata floreada y un delantal -que alguna vez fue blanco- curtido de frutas y verduras. Tiene el cabello corto y de nieve, pero la mirada vivaz de una niña. “Ay, qué te podría contar yo, con esto nacieron mis hijos, estudiaron, se graduaron. Aquí está mi vida entera”, confiesa con orgullo María del Carmen López.

***

A las tres de la madrugada de cada sábado y domingo del mes, la oferta y la demanda son las protagonistas de una danza de precios que suben y bajan al ritmo de las voces de los más de 300 comerciantes que hacen vida en el Mercado Municipal de Losada, ubicado en la parroquia Santa Teresa, del municipio Independencia, en el estado Miranda. Un imperio de sentidos donde el olor a pescado fresco y sardina se mezcla con el del pollo, la carne, el queso, y las esencias de sabores de helados, las flores, el aguardiente, y las estatuillas de Santa Bárbara, José Gregorio Hernández, el Corazón de Jesús, y la Virgen del Carmen, mientras el reggaetón  se confunde con la salsa, y los gritos de los oferentes.

Un vendedor de discos piratas va cambiando la banda sonora a su antojo. “Qué es lo que quieres de mí, pues lo que quiero yo, es eso que tienes ahí”, cantan Gotay El Autentiko y Ñengo Flow, desde un equipo de sonido, que se batalla con el ruido de una máquina de exprimir caña de azúcar, el cacareo de una decena de gallinas enjauladas, y las maracas de un señor con sombrero que toca y toca sin parar, para constituir el soundtrack del lugar.

“Distribuidora ARP: La esquina caliente” puede leerse en un letrero blanco de letras rojas, que le da la bienvenida a los compradores que sortean el paso entre un centenar de carros  estacionados, para adentrarse en los pasillos y recovecos que conforman el mercado. Los carteles no tardan en aparecer: “OFERTA: muslo 1.600, pechuga 1.800”, “el kilo de verdura a 2.500”, se lee en un cartón verde fosforescente que guinda de una cuerda.

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El mercado de Losada fue fundado en la década de los 80, durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, para reubicar a los comerciantes informales que trabajaban en la avenida El Cementerio, y lo bautizaron  igual a la localidad más cercana –Ciudad Losada- que lleva ese nombre en honor al conquistador español, y fundador de Caracas, Diego de Losada. “La mayoría de las personas que trabajan aquí no son del municipio, la mayoría de la gente asignada vendió sus  locales y se regresó al pueblo. De hecho, este es un mercado para 300 trabajadores y sólo tengo censados a 180”, afirma Magaly Monasterios, la coordinadora del mercado, en representación de la alcaldía, desde hace tres años, y quien en los inicios del Losada fue vendedora de ropa.

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“El kilo de verdura a 2300”, grita María Del Carmen, cuyos pulmones tienen más de 50 años anunciando precios.  La vista se me inunda de colores: ají, pimentón, melones, guayabas, lechosas, cambures, zanahorias, berenjenas, papas, huevos, jojotos, papelón y tomates a granel. “Este es papelón de caña, mamí, vale 3.000 bs, fíjate que es más cremoso, el que es más duro es el de azúcar”, dice la señora María, y me extiende un pedacito del dulce que se me deshace en la boca. “Por aquí los tomates a 800, mamí”, grita un flaco alto.

La terracota naranja que cubre el piso está gris del polvo y la tierra de los cientos de zapatos que se pasean con rapidez por los más de 200 metros que constituyen el mercado. Frente al arsenal de verduras y frutas, un local de empanadas –sin empanadas-,  resalta de limpieza, la cerámica marrón con beige brilla entre tanta mugre. En la nevera del negocio hay cervezas Polar, Té Lipton y maltas Maltín Polar.

-Este mercado viene desde el pueblo, antes estaba en el centro de Santa Teresa, por el cementerio, yo apenas tengo 18 años aquí, y el negocio lo remodelamos hace tres años –confiesa, y sonríe con timidez, Lisbeth Cuadros, la dueña del negocio de empanadas. De fondo suena un reggaetón: “Una vaina loca, que me lleva a la gloria”, en las voces de Fuego y el Potro Álvarez.

-El señor de allá es uno de los fundadores –afirma mientras señala a un hombre gordo de camisa y gorra azul que vende papas y tomates a 750 bs.

“¿A quién  le compras esa agua Los Alpes?”, interrumpe un joven moreno  que interpela a Lisbeth.  “Yo la consigo más barata, cualquier cosa le dices a Tony que me llame”, afirma el hombre sin darle chance a responder, y le pide una “catira ahí”. La cerveza Polar burbujea luego del clic del destapador que indica que ya la chapa no separará  al preciado líquido dorado de los labios sedientos. El hombre saca una paca de billetes de 100 bolívares, cuenta cinco, y se los extiende a la dueña del negocio.

-Señor, ¿me puede dar una colaboración? –pregunta un niño descalzado que se acerca al negocio.

-No, papá, no tengo –afirma el hombre mientras se guarda el fajo de billetes en el coala, y se empina la botella.

***

“En los mercados está prohibido vender cervezas”, afirma con contundencia Magaly Monasterios, mientras  narra que, cuando llegó al municipal de Losada, encontró colchones, muchachas en minifaldas, y venta de licores que poco a poco ha ido erradicando. “Esto era un antro con bombillo rojo incluido”, afirma entre risas la coordinadora, a quien le ha tocado sortear con toda clase de inconvenientes: la inseguridad, el aumento del arancel tributario a los comerciantes –de 70bs anuales pasaron a pagar 10.000bs-, la escasez de alimentos, y los altos precios. “Aquí las ventas han bajado, pero como hay diez puestos que tienen punto Polar, trabajamos como centro de distribución del consejo comunal, y cada 15 días beneficiamos a 1.800 personas”, revela.

***

“Yo tengo 10 trabajadores, si me descuido me montan en la olla”, afirma con picardía María Del Carmen, y su pequeña figura se pierde entre las frutas y verduras de su puesto.  A las 5 de la tarde, los puestos se recogen, el silencio vuelve al mercado de Losada, hasta el próximo fin de semana, cuando la historia vuelva a comenzar.

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Muchos hombres y poca suerte

Por Grisha Vera

Jesús, quien ha decidido proteger su identidad, trabaja sentado en la mesa de un restaurant mientras bebe cerveza los días viernes, sábado y domingo desde el mediodía hasta las 10 de la noche. El viernes 24 de junio llevaba tres horas en su trabajo y ya había ganado ochenta mil bolívares, aunque más tarde por una mala decisión, o tal vez falta de suerte, perdió dieciocho mil. Las cuentas de lo  que va ganando y perdiendo las va anotando con un bolígrafo azul sobre las hojas internas de la Gaceta Hípica.

Jesús trabaja en el centro hípico La Plaza que está ubicado al lado de la Plaza Bolívar de Los Teques y diagonal a la Catedral.  El nombre Restaurant y una fachada bastante antigua, que advierte que el local debe tener tantos años como la Plaza Bolivar, es la referencia que me indicó que había llegado al trabajo de Jesús, a un local de apuestas de caballos.

El Restaurant, que afuera parece ser uno solo, son en realidad tres restaurants en tres niveles distintos. La entrada al centro hípico está precedida por diez escalones y varios avisos: “Por su seguridad usted está siendo filmado”, “Prohibido usar lentes oscuros” y “Prohibido usar cascos”.

En la entrada pareciera que faltara otro anuncio: “Prohibido la entrada de mujeres”, y es que en este lugar por cada veinte hombres hay una mujer. Este nivel del restaurant, el centro hípico (La Plaza), es un rectángulo, con una barra, una cocina al fondo, dieciséis mesas, diecisiete pantallas, cincuenta y dos hombres y tres mujeres. La legalidad que resguarda a este local es una concesión de señal que tiene con el Hipódromo La Rinconada.

Jesús es uno de los tres banqueros que hay hoy en lugar, es decir, a él y a otros más es a los que los jugadores les apuestan. Si los jugadores pierden, lo que pasa la mayoría de las veces cuenta Jesús, el banquero se queda con el dinero. De lo contrario, este debe pagar al jugador lo que apostó multiplicado por la cotización del caballo a nivel nacional.

En las pantallas, de marca Sony, Samsung o Soyo, se transmiten las carreras en simultáneo de dos hipódromos: uno de Miami y el otro de la ciudad  Valencia. Los cincuenta y dos hombres hablan, gritan y se insultan por momentos y el resto del tiempo permanece muy concentrados con sus celulares, en sus mesas y con una cerveza en la mano.

-¿Las apuestas las hacen por el teléfono? –Pregunto.

-Si, por un grupo de WhatssApp

-¿De cuánto son las apuestas?

-Depende. –Contesta Jesús- Los que tienes atrás apuestan hasta 150.000, acá hay quienes apuestan dos y tres millones y por ejemplo él –señala a un sujeto de franela color naranja que está a su lado- es el dueño y apuesta hasta 900.000 a una sola carrera y no le da ni frío. Hay quienes si vienen por diversión y duran acá un rato, apuestan dos o tres mil y se van.

Los cincuenta y dos hombres visten de manera similar: jeens, zapatos deportivos y franelas. La mayoría usan el corte tipo Magreidy y otros tipo militar, completamente rapado. Tres de ellos tienen chalecos de mototaxitas y otros tres tienen cascos sobre sus mesas. En el lugar hay cinco hombres mayores con la cabellera totalmente blanca. El chico que tengo a mis espaldas, el que apuesta hasta 150.000 bolívares,  parece un adolescente aunque tal vez llegue a los 21 años. Nunca habla ni sonríe su cara transmite incertidumbre y desesperanza.

-Cómo apuestan tanto dinero, ¿De verdad lo tienen? -Pregunto

-Que te lo diga él –dice Jesús entre risas y señalando al dueño.

-Aquí la gente apuesta la mamá, la esposa, el hijo, la casa, el carro –aclara el sujeto que fue señalado.

-¿Cuántos carros te han dejado aquí? –Pregunta Jesús.

-Siete –responde y se  ríe.

Solo sobre tres de las mesas del local hay pacas de billetes de 50 y 100 bolívares, pero creo que ninguna sobrepasa los 10.000. En la mesa que está al lado del Jesús, al final del local, están sentada dos mujeres y el dueño con pacas de dinero y una máquina de contar billetes.

-Pero acá no hay esa cantidad de dinero, ¿cómo cancelan las apuestas? –Pregunto.

-Por transferencias. Todo se hace efectivo el lunes.

-¿Todos pagan?

-Sí, aunque siempre hay locos que no pagan. Lo que sucede es que uno de los hermanos de él –señala nuevamente al dueño- es el segundo de Tocorón y otros de sus hermanos también están presos en otros penales. El que no le pague está muerto, lo desaparecen. Aunque él es relajado y a algunos se las deja pasar.

El lugar es bastante callado para haber tantos hombres bebiendo y recreándose. Aunque lo callado no le quita lo intranquilo: el ambiente es tenso, las caras de la mayoría es de incertidumbre y desesperanza. Aunque cada veinte minutos el ambiente se torna violento cuando entre aplausos, choques de los dedos, insultos y gritos apoyan la carrera, que dura unos pocos segundos, con la esperanza de que gane el caballo al que le apostaron.

Uno de los hombres, el más eufórico, en búsqueda de aumentar su suerte durante la carrera  toca repetidamente la pantalla con su mano, en forma de pinceladas, como tratando de empujar a su caballo. Mientras busca de aumentar la velocidad del caballo, y con eso su suerte, insulta a aquellos que habían apostado en contra.

Jesús es banquero desde los 13 años y estudió solo hasta octavo grado. Para él ha sido un negocio rentable, pues aparentemente es una recreación, para otros, menos que rentable. Actualmente, Jesús trabaja en uno de los 1.118 centros hípicos del país, es padre de dos hijos, está casado y su trabajo es el que mantiene la casa: colegio privados, condominio, mercados, seguros, una casa, dos carros y por lo menos un viaje familiar al año.  Hay días en que Jesús puede perder hasta 100.000 bolívares, pero generalmente gana y mucho más que eso.

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¡Agarra tu mugre!

Por el calamar que baila

 

Todo niño crea un apego hacia algún trapito, pañito, almohada, peluche o algunas de esas tantas cosas que tiene uno a la hora de acostarse. Ese apego te dura hasta que tu mamá te bota este preciado pañito, la mía nunca me lo botó. Lo que antes era un rectángulo de tela azul bordado con ositos vestidos con camisas, se transformó en un paño viejo, ya el azul  se pasó a gris y los osos están desapareciendo.

Su pequeño tamaño hace fácil llevarlo a todos lados, en los compartimientos pequeños de los bolsos, en la lonchera, en la maleta de cada viaje, incluso dentro de los bolsillos de alguna chaqueta o de algún pantalón lo bastante ancho para llevarlo disimuladamente. Mi pañal, como yo lo llamo, puede contar la historia de cada viaje al que le he llevado.

Cada vez que los nervios me atacan paso mi mano por la suave tela y la respiración va calmándose poco a poco. Me acompañó a mi primera audición de ballet, a mi primera exposición del colegio, a mi primera presentación, me espera paciente guardado en el bolso. Lo he olvidado pocas veces, y su ausencia hace que el sueño tarde más en llegar, que los momentos de ansiedad duren más tiempo y que mis dedos se froten unos contras los otros en busca de aquella tela que dejé en casa.

Tiene un compartimiento especial al lado del bolsillo pequeño de mi cartera, lo pongo ahí cada vez que me levanto en un hotel o en el lugar en el que me esté quedando en ese viaje. Me levanto callada con una bolita en la mano y lo guardo rápido para que mis compañeros de viaje no lo vean. Pocos conocen la existencia de este trapito, y como ya no está tan presentable como lo estaba antes, lo escondo de las miradas ansiosas que lo quieren botar todo el tiempo.

En el último viaje nos levantamos de madrugada, tan de madrugada que era más cercana a la medianoche que al amanecer. Pero ya era tarde para salir. Mi maleta aún estaba abierta y me faltaba meter cosas, guardar los paños, la sábana, el cepillo, mi pañito. Me levanté corriendo despertando a todos en la casa, ese era mi trabajo. Guardé todo en menos de tres minutos, revisé el baño, la cocina y el cuarto para cerciorarme de no dejar nada. “Vamos que ya llegó el taxi”, grité a todo pulmón. El avión salía a las siete.

En el aeropuerto todo fue sorprendentemente rápido, llegamos, nos registramos. Desayunamos y embarcamos. La noche anterior no habíamos dormido y a esta hora todos teníamos los ojos rojos y casi ni recordábamos como habíamos llegado hasta el asiento del avión. Así que en cuanto tocamos el recubrimiento de cuero de las sillas nos dormimos.

Alguien golpeó mi pierna con una palmada. Me sobresaltó. La cabina estaba llena de humo, las aeromozas iban de un lugar a otro intentando disiparlo. Daban instrucciones. La voz de una de ellas se escuchaba por encima de la otra. No sabíamos qué pasaba, ni a quién había que obedecer.  Metí la mano dentro del bolsito de mano en busca de algo. El piloto habló e informó que estábamos presentando problemas en el vuelo. Sonaba una alarma intermitente, un sonido de corneta mezclado con sollozos y algunos mocos. El pito sonaba y sonaba. Bajaron del techo unas mascaras amarillas y las aeromozas indicaron que era tiempo de usarlas. Seguí metiendo la mano en el bolso. Me puse la mascarilla, me la ajusté, se la ajusté a mi compañero. Volví a meter la mano en el bolso. A cada minuto que pasaba el humo iba en aumento, el avión se tambaleaba. Veía por la ventana y abajo solo era un gran espacio pintado de azul. Mi respiración aumentaba, y se entrecortaba.

Subí el bolso y revisé nuevamente, no había nada. “Recuerdo que lo había metido, no pude haberlo dejado en Maracaibo”. El avión seguía con turbulencia y de pronto estallé en llanto, mi amigo me tomó fuertemente de la mano y me dijo que me calmara. En dos segundos todo se desapareció, el humo se disipó, el avión se estabilizó. Nos daban agua para calmarnos, y yo seguía llorando. Los latidos del corazón los sentía desde la punta de los dedos hasta la cabeza, me temblaban las manos. Comencé a respirar con más calma, hasta que las manos fueron tomando su ritmo natural y mis latidos solo los sentía en el pecho.

Ya todo había terminado, estábamos en tierra. Esperando las maletas, saqué todo el contenido de mi bolso en el piso, pero no estaba. Lo había olvidado en algún lugar. Mi pañito.

-Ya quita la cara, ya  no nos morimos- me dijo mi amigo.

-Ya ese susto lo pasé, es que se me quedó mi pañito en la casa- le respondí.

-Estaba esperando a ver cuánto tiempo tardabas en darte cuenta- se reía mientras del bolsillo de su bolso sacaba una tela gris con algunos osos- ya lo iba a botar ¡Agarra tu mugre!

Se lo arranqué de las manos mientras repetía “Gracias, gracias”. Me lo puse en la nariz y olfatee que el olor a detergente y babas, mis babas, estaba intacto. Se había salvado él también.

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Por el hambre muere el pez

Por Claudia Alizo

Al mercado de pescado más famoso del litoral central le dicen “El Mosquero” porque los pecadores que lo fundaron en el año 1964 se agruparon bajo aquel galpón en un montón de mesones sin refrigeración, ni sistema de tuberías, ni drenaje. Era lógico pensar que para aquel desfile de cuerpecitos recién sacados del mar, cubiertos de sus escamas rojas, azules, grises y amarillas, bajo el sol caribeño y a 39 grados centígrados, las primeras asistentes fuesen las moscas.

Han pasado 59 años desde aquel noviembre de 1967, cuando fue inaugurado el Mercado Pesquero El Mosquero, paralelo a la avenida Soublette, frente a la Plaza El Cónsul. Para algunos guaireños, el punto donde termina Maiquetía y empieza La Guaira. Para muchos caraqueños, la parada obligada antes de seguir el camino a la playa.

Bajo el concreto

El Mosquero no tiene música, pero si tuviese un soundtrack sería algo así como golpes secos contra la madera o el concreto. Dos, cinco o diez golpes por minuto. Cortando agallas y colas. Y un olor bien concentrado a pescado y a mar, que levita invisible a lo largo y ancho de un galpón compuesto de 43 puestos que abren de lunes a lunes, desde las seis de la mañana hasta las cinco de la tarde.

Las neveras muestran a través del vidrio los ojitos saltones y brillantes de pargos rosados, medregales, catacos, cazones, sardinas y casi cualquier animal que nade, se arrastre o se esconda en las aguas del Mar Caribe. Para inicios de septiembre, los números escritos con marcador negro sobre el cristal marcan 6.500 bolívares por el kilo de calamar  y 1.500 bolívares por la misma cantidad de guacuco. Hay algunas neveras vacías, iluminadas con la luz pálida y fría de los bombillos fluorescentes.

Las dos neveras de José Rodríguez están decoradas con la foto de unos corales y unos motivos marinos que lo hacen parecer el fondo de una pecera. Está un poco descolorida, casi como si la hubiese puesto cuando llegó al mercado, en 1991. Algunas calcomanías con la bandera de Portugal  y un niño catire con ojos somnolientos que está pesando unas cabezas de carite en la balanza hablan de unos ancestros que vinieron desde el otro lado del Atlántico; “aquí hay por lo menos tres generaciones de portugueses”, dice Rodríguez, quien también fue presidente de la Asociación de Comerciantes de Pescado, “este prácticamente nació aquí”, comenta, señalando al hijo catire, y en su rostro se abre paso una sonrisa orgullosa.

Antes de establecerse en este galpón, los pescadores se acercaban en sus lanchas a lo que hoy en día pertenece a las instalaciones del Puerto de la Guaira. Muchos venían desde Margarita, Sucre y Los Roques trayendo la carga que se vendía cada vez mejor. A medida que el mercado empezó a tomar forma y a instituirse como el lugar predilecto para adquirir los productos del mar en el litoral central, montaron su puesto y allí se quedaron. Pronto empezarían a unírseles la oleada de inmigrantes europeos que llegaron en la década de los cincuenta. El resultado: familias de españoles, portugueses, ñeros y orientales conviviendo durante más de cuatro décadas bajo el mismo galpón de concreto.

La jornada

A las doce del mediodía de un sábado de septiembre, toda clase de gente atraviesa los pasillos y se detiene a comprar los frutos del mar. Un recojelata pide algo para comer en uno de los negocios de afuera. Un heladero con su carrito aprovecha la concurrencia para vender su mercancía que no encaja mucho entre las jaibas y pulpos. En el suelo de granito desgastado y mugriento se ven escamas y gatos esperando que alguna sardina o un parguito se resbalen de las gaveras de plástico repletas de hielo. De lejos, alguien comenta que los cazones pequeños son los mejores porque los grandes saben a pipí.

Unas tres toneladas de pescado y frutos del mar llegan a los puestos semanalmente de la mano de pescadores que se enrumbar en sus peñeros hacia las aguas claras de Los Roques, Margarita o Cumaná. Un señor flaco, con la piel del rostro curtida de salitre y sol, cuenta que tarda unas doce horas para salir a buscar Tajalí; un pescado plateado y alargado como anguila, con cara de monstruo marino prehistórico. Los muy autóctonos y demandados pargos y carites a veces le llevan dos días de viaje.

Lo más barato que marca un pizarrón acomodado junto a una Virgen del Valle es la sardina. A 600 bolívares el kilo. En marzo de 2016 estaba a 480 bolívares en el mercado de Coche, reseña el portal crónica uno. Ante el negro panorama de escasez e inflación, José Rodríguez aboga por el pescado como una alternativa, aunque recuerda nostálgico los no tan lejanos días en que a las neveras llegaban salmones traídos de Chile, algo nada rentable para los tiempos de crisis que corren.

En la parte de afuera del mercado hay nueve puestos de comida, en donde sirven papelón con limón en frascos de mayonesa desde mucho antes de que se pusiera de moda. En uno de los kiosquitos más alejados de la entrada, un hombre con el casco de la moto todavía puesto, camina entre los comensales y las fosforeras, se acerca al angosto mostrador de latón y le hace seña a una joven que recién dejaba una empanada en el fogón.

Después de un diálogo corto, la morena toma un vaso de plástico, se acerca a uno de los ollones más grandes y con la cuchara sopera le llena hasta el borde de un potaje gris humeante y se lo entrega al motorizado. “Es un caldo de sardina”, explica un mesonero cincuentón, “antes los muchachos llegaban aquí a las seis de la mañana rascados y se metían su caldo pa’ agarrar fuerzas y seguir la rumba en la playa”. Ese vasito cuesta 250 bolívares y ya no es sólo patrimonio de los amanecidos sino de cualquiera que no le alcance para unas arepas de raya o la empanada de cazón. Y esos, ahorita, son bastantes.

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Onironauta

Por Martín Alonso

El reloj marcaba la medianoche. No recuerdo absolutamente nada. Cuando intenté levantarme de la cama noté que estaba mojada y mi camisa también. Por más qué intenté examinar el líquido, la oscuridad no me dejaba. Asumí que se trataba de sudor. Con una sed terrible fui a la cocina por el pasillo. Temblaban mis piernas, me costaba caminar. El pasillo se había hecho muy extenso, sin duda alguna ya tenía horas caminando por él.

Al llegar a la cocina, un poco más iluminada, aproveché de mirar mi camisa otra vez: era una gran mancha rojiza de lo que supongo que es alguna clase de pintura ya que no me dolía nada. Mientras servía agua me dí cuenta de que en la pared del pasillo estaba colgado un cuadro. Aunque mal dibujado, se podía apreciar a una mujer en él. Nunca había visto ese cuadro en mi vida. ¿Qué hacía en el pasillo? ¿Quién lo colgó allí? Tome un trago a mi vaso para refrescarme y proceder a investigar el cuadro.

–Maldita sea tu vida, onironauta –me susurraron al oído con furia. Sentí un frío helado bajando por mi espalda.

Volteé por reflejo y me percaté de que el cuadro ya no era de una mujer. Era una criatura indescriptible. Miré mi reloj  y volvía a marcar la media noche. Miré mi camisa y ya no estaba manchada. Me hundía lentamente en el piso, mientras aquella criatura salía del cuadro arrastrándose y acercándose poco a poco. Metió sus largas uñas negras por dentro de mi camisa, alcanzó mi costado y me desagarró la carne.  La sangre manchaba mi camisa nuevamente. Todo se me oscureció lentamente mientras la criatura se me montaba encima…

Debí quedarme dormido por un momento. Desperté en mi habitación completamente a oscuras. No suelo dormir por la noche, las pesadillas nunca me han dado descanso. Es horrible despertar en la madrugada.

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La calentura

Por: Gabriela Consuegra

Como si fuera una premonición, una noche de verano, Calígula despertó entre sudores ardientes seducido inmensamente por un llanto. Se quitó del cuerpo sus sábanas sedosas, se incorporó y observó a través de los mantos engañosos de la oscuridad. Sin embargo, no logró encontrar la fuente de aquel sonido que le erizaba la piel hasta que, poco a poco, dejó de escucharlo.
Día tras día, durante 7 noches, el sueño del emperador fue interrumpido por el mismo llanto. Su piel crispada no podía resistirse al encanto de aquel sonido dulce y agudo que parecía penetrarle todos los sentidos y avivar su temperatura, hasta que, inexplicablemente, comenzaba su miembro a hincharse progresivamente cada vez más y más.
El emperador, cansado y sumido en la desesperación, decidió consultar a un sanador. El mejor de todo el imperio Romano, le dijeron. Calígula lo espero paciente en la habitación en la que cada noche veía agonizar su sueño, y cuando el anciano sabio llegó, procedió a contarle sus penas: los sudores, el llanto y la terrible excitación que venía después, acompañada de una erección dolorosa e interminable.
Tras escuchar toda la historia del emperador, el anciano, ciego, con los ojos blancos, le ordenó que se bajara los pantalones y estimulara su miembro hasta que de este proviniera el líquido viscoso de la vida. Entonces Calígula frotó y frotó, casi con fervor, hasta que brotó de él un manantial. “Déjalo caer en el suelo, donde alumbra el sol”, dijo el viejo, y el emperador, obediente, así lo hizo.
“Manda a llamar ahora a una de tus mozas”, dijo el anciano, “y que no demore”, sentenció. Calígula, obediente, así lo hizo. Cuando la joven llegó, iluminando el cuarto con sus telas blancas, el viejo sanador señaló las sobras del varonil Calígula y añadió, dirigiéndose a ella: “Arrodíllate y lámelo todo”. Diligente, la menuda mujer lo hizo. “No te lo tragues”, advirtió. Como si estuviera poseída, la mujer lamió y lamió las mieles blancas del emperador.
“¡Abre la boca!”, ordenó aquel sabio. Para su espanto, Calígula observó cómo un líquido rojo y espeso se abría paso por la boca de la mujer, destruyendo sus tejidos como el ácido, entre llagas y gritos de inconmensurable dolor. El llanto desesperado vino después. Y solo entonces, para el alivio de Calígula, que aún seguía hinchado y adolorido, su miembro comenzó lentamente a desinflarse.
Mientras la cara de la joven se deformaba más y más bajo los rayos del sol, el miembro del emperador retomaba su tamaño y su forma natural. Cuando, finalmente, la joven sollozó por última vez, los dolores de Calígula terminaron y estuvo éste absolutamente recuperado.
Sorprendido, Calígula volteó a mirar al sabio anciano. “Sufre usted de calenturas”, sentenció el sanador.